El silencio de la madrugada en casa de mis padres se volvió insoportable. Llevaba noches sin dormir, con los ojos clavados en el techo, acariciando mi vientre y preguntándome qué clase de vida le esperaba a mi hija si yo seguía huyendo de la verdad. Había intentado convencerme de que aquí estaba segura, de que era lo mejor para ella, pero lo único que conseguía era sentirme muerta en vida. Luca me faltaba como el aire. Y la ausencia duele más que cualquier herida física, porque consume en silen