El sonido seco de la puerta al cerrarse resonó en mi pecho como un trueno. Luca se quedó ahí, de pie, con su silueta imponente recortada contra la tenue luz del pasillo. Sus ojos ardían de furia y deseo al mismo tiempo, y ese contraste me paralizó. No era el hombre elegante que mostraba frente al mundo, era una bestia enjaulada que yo acababa de provocar.
—No tienes idea de lo que hiciste, Aria… —su voz era un gruñido bajo, peligroso, como un presagio de lo que vendría.
Me apreté las sábanas