La mansión olía a humo y a polvo, como si aún flotara en el aire el eco del atentado. Aunque habían pasado apenas unas horas, la casa ya bullía con obreros y hombres de Luca reparando paredes y cristales. El ritmo era frenético, como si él no pudiera permitir que la herida en sus dominios quedara expuesta más de lo necesario. Doblaron la seguridad: hombres armados en cada esquina, camionetas negras entrando y saliendo, órdenes secas que resonaban en los pasillos. Era como vivir en un cuartel di