El silencio que siguió a mis palabras dentro del auto era más espeso y sofocante que todo el humo del casino. Las palabras, "Todo empezó conmigo", colgaron en el aire como una condena, envenenando cada partícula de oxígeno. Nadie dijo nada. Mi padre no habló. Silas, desde el asiento trasero, no se movió. Solo el rugido sordo del motor llenaba el vacío, un sonido que palidecía frente al estruendo en mi cabeza.
Era un silencio cargado, el tipo de calma que precede a una explosión cataclísmica. Sabíamos, todos lo sabíamos, que el estrecho interior del automóvil no era el lugar para las verdades que yo tenía que vomitar. Ese drama necesitaba un escenario, un tribunal familiar.
Apenas el auto se detuvo frente a la imponente fachada de la mansión Moretti, Silas se movió para salir.
—Los dejaré—dijo, su voz un eco neutro en la tensa quietud—. Es un asunto de familia.
—Te quedas —la voz de mi padre no fue un grito, fue una orden tallada en hielo, sin espacio para la réplica. Sus ojos grises,