El silencio que siguió a mis palabras dentro del auto era más espeso y sofocante que todo el humo del casino. Las palabras, "Todo empezó conmigo", colgaron en el aire como una condena, envenenando cada partícula de oxígeno. Nadie dijo nada. Mi padre no habló. Silas, desde el asiento trasero, no se movió. Solo el rugido sordo del motor llenaba el vacío, un sonido que palidecía frente al estruendo en mi cabeza.
Era un silencio cargado, el tipo de calma que precede a una explosión cataclísmica. Sa