La oscuridad no fue paz. Fue una losa pesada, un ahogamiento silencioso. El primer regreso a la conciencia no fue un despertar, fue una explosión de fuego blanco que me arrancó de las sombras a gritos.
Un dolor desgarrador, agudo y profundo, quemaba mi muslo como si un hierro al rojo vivo estuviera siendo clavado y retorcido dentro de la carne. Un quejido animal escapó de mis labios antes de que pudiera abrir los ojos.
La visión era borrosa. Luces fluorescentes parpadeantes en un techo bajo y