El rugido del helicóptero era un monstruo de metal que quería devorarme, que quería arrancarme de la tierra firme y llevarme a una oscuridad de la que no habría regreso. El viento de sus aspas me azotaba, una ráfaga fría que pretendía borrar el calor de la sangre de Enzo que aún sentía en mis manos. Ruggero me empujaba hacia la puerta abierta, su arma un punto de hielo en mi sien. Su aliento, cargado de odio y desesperación, me llegaba al oído.
Pero ya no sentía miedo. Sentía una furia fría, t