El nombre de Ruggero empezaba a sonar en cada rincón de la ciudad. Un eco peligroso, un susurro que se extendía en los bares, en las calles, en las mismas bocas de quienes antes temblaban con el apellido Moretti. Ruggero no se escondía. Reunía hombres, sembraba miedo, corrompía voluntades. Estaba reclamando un trono que nunca le perteneció.
Y yo no podía permitirlo.
La noticia de que intentaba acercarse a los rusos llegó a mí una tarde lluviosa, mientras repasaba documentos en el despacho. Los