La mansión estaba en silencio esa noche, pero no era el silencio acogedor de antes, cuando después de cenar con los niños subíamos juntos a nuestra habitación. No. Era un silencio incómodo, pesado, lleno de miradas frías que no sabían si quedarse o huir.
Luca me había dejado claro que no confiaba en mí. Que yo era una extraña. Pero cuando llegó la hora de dormir, mis pies me llevaron, casi sin pensarlo, a nuestra habitación. Abrí la puerta y la encontré tal como la habíamos dejado: nuestra cam