Pasé todo el día encerrada en la habitación.
No era que estuviera incómoda… el lugar era un paraíso de lujo: cortinas de terciopelo que caían como cascadas, una cama tan amplia que podía darme la vuelta tres veces sin tocar los bordes, y un armario en el que mi ropa parecía la pertenencia olvidada de una niña dentro de una mansión. Pero esa comodidad se sentía extraña, prestada… como si fuera una invitada que no debía tocar demasiado.
Ya sé que no soy una intrusa, sino una huésped temporal. P