La villa estaba envuelta en un silencio tan profundo que solo el mar parecía tener voz. El murmullo constante de las olas golpeando contra la orilla se filtraba por las ventanas abiertas, mezclándose con la brisa fresca que movía suavemente las cortinas. Nuestra hija dormía plácida en su cuna, con el rostro sereno, como si no existiera en el mundo nada más que su pequeño universo de sueños inocentes. Yo la observaba desde la cama, con el corazón apretado, sabiendo que pronto dejaríamos ese refu