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El silencio en la mansión Gibson siempre había sido un trofeo para Asley. Para ella, una casa silenciosa era sinónimo de un hogar en orden, de un santuario que ella misma había erigido ladrillo a ladrillo, sacrificio tras sacrificio.
Asley ajustó los cubiertos de plata sobre el mantel de lino blanco por tercera vez. La mesa estaba servida para dos: salmón en costra de eneldo, el vino favorito de Tristan respirando en el decantador y velas de vainilla que empezaban a consumirse lentamente. Miró el reloj de pared; eran las nueve de la noche. Tristan llegaba tarde, pero eso no era inusual para el CEO de Skyline Empire.
Con un suspiro suave, Asley subió las escaleras. Sus pasos no hacían ruido sobre la alfombra persa. Entró en la habitación del pequeño Leo y se quedó un momento en el umbral, observando el ascenso y descenso rítmico del pecho de su hijo de tres años. El niño tenía los mismos rizos oscuros que Tristan cuando lo conoció, aquel joven piloto con la mirada llena de ambición y las manos vacías.
—Todo valió la pena por ti —susurró ella para sí misma.
Al pasar frente al espejo del pasillo, se detuvo. Llevaba un vestido de seda azul marino que ella misma había reformado. Sus manos, que alguna vez soñaron con dibujar patrones para las pasarelas de Milán o Nueva York, ahora se dedicaban a pulir la imagen del hombre perfecto. Había renunciado a su beca en la escuela de diseño el mismo día que Tristan consiguió su primera certificación de vuelo comercial. "Uno de los dos tiene que ser el pilar", se dijeron entonces. Ella eligió ser el suelo para que él pudiera volar.
El sonido de los neumáticos sobre la grava de la entrada la sacó de sus pensamientos. Su corazón dio un vuelco, esa mezcla de alivio y nerviosismo que siempre sentía al recibirlo. Bajó las escaleras rápidamente, encendiendo las luces indirectas de la sala.
Tristan cruzó la puerta principal. No traía el saco puesto y la corbata estaba floja alrededor del cuello. Se veía imponente, el tipo de hombre que dominaba cualquier habitación, pero sus ojos, antes cálidos, estaban fijos en la pantalla de su teléfono.
—Llegas justo a tiempo, la cena aún está caliente —dijo Asley con una sonrisa, acercándose para besar su mejilla.
Tristan se tensó. No se apartó, pero tampoco le devolvió el gesto. El aire a su alrededor olía a oficina, a metal frío y a algo más... un aroma floral, agudo y extraño, que no pertenecía a ninguno de los productos de limpieza que ella usaba con tanto esmero.
—No tengo hambre, Asley —dijo él, caminando directamente hacia el bar en lugar de hacia la mesa que ella había preparado con tanto amor.
—Es nuestro aniversario de bodas, Tristan. Preparé lo que te gusta.
Él se sirvió un whisky doble, el cristal chocando contra el hielo con un sonido seco y definitivo. Se giró hacia ella y, por primera vez en la noche, la miró. Pero no fue la mirada de un esposo; fue la mirada del CEO que despide a un empleado que ya no es útil.
—Qué bueno que menciones las fechas —dijo él, dejando un sobre grueso de color crema sobre la mesa, justo encima del plato de Asley, manchando el mantel con una gota de licor—. Porque esta será la última que celebremos en esta casa.
Asley sintió que el oxígeno abandonaba sus pulmones. Sus ojos pasaron de la cena perfecta al sobre, y luego a la expresión gélida del hombre al que le había entregado sus mejores años.
—¿De qué estás hablando?
— Me he divorciado de ti Asley. Y necesito que estés fuera de aquí esta misma noche
El silencio de la casa, ese que ella tanto amaba, de pronto se volvió ensordecedor.
El nudo en la garganta de Asley amenazaba con asfixiarla. El contraste era devastador: ella, envuelta en la calidez de su hogar y el azul marino de su vestido; él, un témpano de hielo con el poder de reducir su mundo a cenizas con una sola frase.
El mundo de Asley se detuvo. El sonido del reloj de pared, que antes le parecía rítmico y hogareño, ahora golpeaba sus oídos como un martillo sobre metal. Se quedó allí, de pie frente a la mesa, con los dedos aún rozando el borde del sobre de color crema, sintiendo que el suelo bajo sus pies se volvía líquido.
Sus ojos cafés claros, fijos en un punto inexistente del mantel impecable, no parpadeaban. La parálisis no era solo física; era un colapso total de su realidad.
—¿Esta noche? —susurró, pero las palabras apenas salieron de su garganta.
Tristan ya estaba a mitad de la escalera. No se detuvo, ni siquiera ante el tono roto de su esposa. El hombre que ella recordaba, el que le juró que serían un equipo para siempre mientras compartían cafés baratos en salas de espera de aeropuertos, parecía haber sido reemplazado por un extraño de facciones duras y corazón de piedra.
Asley miró la cena. El salmón que había cocinado con tanto esmero empezaba a soltar un vapor que ahora le resultaba nauseabundo. Las velas, que ella había encendido para crear una atmósfera de intimidad, proyectaban sombras alargadas que parecían burlarse de ella.
"¿Cómo es posible?", pensó, mientras el frío empezaba a recorrerle la columna vertebral. "¿Cómo se puede deshacer una vida de diez años en diez segundos?".
Ella intentó moverse, quiso gritar, quiso subir y obligarlo a mirarla a los ojos hasta que encontrara un rastro del hombre que amaba, pero sus piernas no respondían. Estaba atrapada en ese comedor, rodeada de la perfección que ella misma había creado y que ahora se sentía como una jaula de cristal rompiéndose en mil pedazos.







