El trayecto de regreso a su villa en Beverly Hills fue un largo y castigador tramo de reflexión. Su ceño fruncido—tallado a profundidad, torcido en los bordes—decía todo lo que su corazón se negaba a admitir en voz alta. Su chofer seguía robándole miradas por el retrovisor, rígido y cauteloso, como si una mirada equivocada pudiera derramar una chispa sobre todo ese fuego que hervía en silencio.
Tracy se sentía hinchada de furia, inflada como un pez globo acorralado y atormentado por una manada