El agua goteaba del grifo en chorros lentos y deliberados—suaves, rítmicos, el único sonido lo bastante valiente como para existir en el pesado silencio entre ellos.
Estaban de pie en el cálido resplandor ámbar de las luces de la estufa—demasiado cerca, demasiado conscientes. Su cabello aún estaba revuelto por el sueño, y ella llevaba una de sus camisas, la de color miel que él había olvidado que incluso tenía. Le quedaba suelta, las mangas rozándole las muñecas, el dobladillo tocando la parte