La mañana llegó como un tren: primero un silbido distante, lento y lejano, luego elevándose hasta convertirse en un rugido pleno e ineludible. Rayos dorados de sol se derramaron por las ventanas y atraparon su cabello; brillaba como algo sumergido en miel. Vincent despertó justo a tiempo para presenciarlo.
Ella estaba acurrucada en su cama, con los pies como lo único cubierto por las sábanas, y el resto de su cuerpo extendido en tranquila inocencia—solo un brasier y las bragas negras que había