Era la una de la madrugada. Afuera, la finca yacía bajo una gruesa manta de nubes gris oscuro; un silencio se había asentado en los terrenos, como si el mundo mismo estuviera conteniendo el aliento. Dentro del estudio de Vincent, el silencio no aplicaba. La gran mesa de caoba era un campo de batalla de papel: archivos, contratos, libros de contabilidad antiguos y libros con las esquinas dobladas se desparramaban como bajas. Una sola lámpara de escritorio tallaba una isla de luz dorada en la osc