Al legar a la iglesia, Sofie empujó las puertas con ambas manos, y el rechinar de los goznes rompió la quietud del templo.
Todos los rostros se volvieron automáticamente hacia ella, inspeccionándola con asombro, confusión y hasta un toque de juicio. Sin embargo, nadie podía negar que, a pesar de la suciedad del borde de su vestido salmón, de los mechones despeinados cayendo sobre su rostro y de los pies descalzos que delataban su precipitada llegada, en ella había una belleza natural que no nec