La puerta del consultorio se cerró detrás de Sofie con un suave clic, y ella se obligó a inspirar profundamente. El ambiente estaba impregnado de un intenso olor a desinfectante y papel antiguo, una mezcla que antiguamente solía agradarle, pero que ahora no hacía más que recordarle su maldita fragilidad.
La doctora Helena Bergström, con su habitual calma, se sentó frente a ella y entrelazó sus manos sobre el escritorio, mirándola fijamente.
Si bien la expresión de la doctora no era tan grave co