Cuando Sofie llegó al hospital, lo hizo con pasos lentos, intentando calmarse. La llamada de la doctora Bergström la había llenado de ansiedad, aunque no imaginaba nada peor que el diagnóstico que había recibido.
¿Qué más podía haber más allá de la certeza de que estaba muriendo? ¿Qué más podía decirle?
Con estas preguntas en mente, inspiró profundamente, y cruzó la sala de espera, sin mirar a nada ni a nadie.
«Tranquila, Sofie. Nada puede ser peor… Nada», se dijo a sí misma, buscando creerlo,