El silencio reinante en la sala de servidores era sepulcral, tan opresivo que parecía absorber el aire. Solo el incesante tecleo de Lukas y Katrine rompía esa calma artificial, mientras luchaban contra el tiempo para descubrir al intruso en el sistema. Los pitidos de alerta se intensificaban con cada segundo que pasaba, como un eco de la urgencia que los consumía. Tenían que detener aquello antes de que fuera demasiado tarde.
—Esto no tiene ni el más mínimo sentido —murmuró Katrine entre diente