Isabel miró a Delicia con profundo desdén en sus ojos.
—Antes te subestimé, pero ahora ¿cómo te atreves a hacer algo tan despreciable? ¿No temes el castigo divino? —acusó sin ocultar su repulsión.
—No sé de qué estás hablando. —respondió Delicia, ya cansada de escuchar tales acusaciones. —¿Cómo pudiste tratar así a Yolanda? ¿No te das cuenta de que podrías arruinar su vida con tus acciones?
Isabel continuó, cada vez más enfurecida, recordando el estado de Yolanda en el hospital.
—¿No te enseñé