El vuelo de Clarissa
El Mercedes atravesó la verja de la mansión a velocidad peligrosa. Clarissa conducía con las manos temblorosas, las lágrimas secándose en sus mejillas antes de que pudieran caer. No lloraría. No daría a su abuela ese placer.
El contrato roto reposaba en el asiento del copiloto, sus mitades crujiendo con cada curva del camino. Hasta aquí llega el dominio de los De la Torre, pensó mientras pisaba el acelerador. Hasta aquí llega su veneno.
El teléfono vibró. Luego otra vez.