Clarissa la miró como si la viera por primera vez. Como si la máscara de la abuela bondadosa se hubiera caído por fin.
—¿Y si me niego? ¿Qué va a hacer? ¿Arrastrarme al altar?
—No hará falta —dijo Giovanna, con una calma aterradora—. Porque si te niegas, el puerto se pierde. Y sin el puerto, no hay dinero para mantener la mansión. Ni para tus caballos. Ni para tus viajes a París. Ni para el estilo de vida al que estás acostumbrada. En seis meses, estarás vendiendo los muebles de tu padre en u