Clarissa tenía el papel arrugado entre los dedos, temblorosa de ira. Lily, aún en el umbral del estudio, no sabía si entrar o salir corriendo. La voz de la joven condesa resonaba contra las paredes de roble antiguo, haciendo eco en cada rincón de la mansión.
—Mi padre no trabajó toda su vida para que usted, con una cláusula escondida, me obligue a casarme con un desconocido en menos de siete días —escupió Clarissa, enfrentándose a la mirada impasible de la anciana matriarca, que la observaba d