El tiempo, como el mar, fluye sin detenerse. Pasan los años y las olas borran las huellas en la arena, pero el faro sigue en pie. Siempre en pie.
Pasaron quince años.
El faro seguía girando su luz sobre el Atlántico, pero ya no era el mismo. Las paredes de piedra habían sido restauradas, las ventanas nuevas brillaban bajo el sol, y la terraza se había ampliado con una glorieta de madera donde crecían glicinas y rosales trepadores. El viejo faro había sido renovado, pero su alma seguía intacta.