Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. Sofía se quedó en el pueblo, en una pequeña casa que Mariana (la anciana) le había ofrecido cerca del puerto. No vivía en el faro, pero venía a menudo. Traía bizcochos recién horneados, cuentos para Mariana y una sonrisa que, poco a poco, comenzaba a ser genuina.
Nicolás seguía sin llamarla madre. Pero ya no la miraba con frialdad. Había algo en su mirada que se estaba transformando, algo que Valentina reconocía porque lo había visto