El viento del Atlántico golpeaba con fuerza los cristales del faro cuando Valentina Dávila recibió la llamada. Llevaba exactamente tres meses y seis días sin pisar tierra firme, refugiada en aquella torre de piedra que su abuela le había dejado en herencia. Pero el teléfono, ese maldito teléfono que ella misma había jurado apagar, seguía sonando con la insistencia de quien no acepta un no por respuesta.
—Señorita Dávila, soy el notario Rafael Montesinos, en representación de la familia Chestife