La noche cayó sobre el puerto como un manto de terciopelo oscuro. Valentina y Nicolás caminaron en silencio por el malecón, sin soltarse las manos, como si temieran que al hacerlo el hechizo se rompiera. El faro, allá arriba, seguía girando con su ritmo imperturbable, lanzando destellos de luz blanca sobre el mar encrespado.
—¿Dónde te alojas? —preguntó Valentina cuando la oscuridad era ya completa y las farolas del puerto empezaban a parpadear.
—En la posada del pueblo —respondió Nicolás—. La