La mañana llegó con un cielo encapotado y el teléfono de Clarissa sonando a las siete y trece. Era el fiscal.
—Señora Rivas —dijo la voz al otro lado, tensa, apresurada—. Hemos ido a la dirección que nos dio. La oficina está vacía. No hay rastro de Urrutia. Los vecinos dicen que lo vieron salir anoche sobre las nueve. Subió a un coche y no volvió.
Clarissa sintió que el suelo se abría bajo sus pies descalzos.
—¿Cómo que no volvió? Él dijo que nos daría un día. Que no se movería.
—Pues se movió.