Clarissa y Mateo no habían hablado en media hora. Sentados en los escalones de piedra que daban al acantilado, compartían el silencio como quien comparte una manta en una noche helada. Las olas rompían allá abajo, y cada golpe de mar parecía un martillazo en la conciencia de ambos.
—Deberíamos irnos —dijo Mateo al fin—. Si tu abuela sabe que estamos aquí...
—Mi abuela ya lo sabe —cortó Clarissa, con una calma que daba miedo—. Mi abuela siempre lo sabe todo. La pregunta es: ¿qué va a hacer con e