El silencio se hizo carne. Mateo contuvo la respiración. El mar rugió abajo, testigo de piedra de aquella confesión de guerra.
Giovanna abrió la caja de caoba.
Clarissa no se movió. Mateo sí, instintivamente, poniéndose delante de ella, abriendo los brazos como escudo.
—No, mamá. No.
—Quítate, Mateo. Esto no es asunto tuyo.
—Sí lo es. Porque yo tengo las copias. Si le pegas un tiro a ella, las filtro igual. Y si me pegas a mí, las filtra su abogado. Y si matas al abogado, las filtra el periodis