Se incorporó de golpe, el camisón de seda pegado al cuerpo por el sudor frío. Llamó a su doncella. Nadie respondió. Llamó más fuerte, golpeando la mesita de noche con el puño cerrado. Silencio. Entonces recordó que había despedido a la doncella la semana anterior, acusándola de robar un collar que después apareció en el fondo de un joyero. Otra paranoia. Otra grieta en su cordura.
El teléfono sonó pasada la medianoche, cortando el silencio como un cuchillo de carnicero. Era su nuera, la madre d