El cielo comenzaba a teñirse de un gris metálico cuando Lucas Figueroa atravesó el portón de la mansión con paso decidido. Vestía de manera sobria, como siempre, pero sus ojos dejaban ver un cansancio distinto, uno que no venía de las largas jornadas de trabajo, sino del alma.
En su mano llevaba una carpeta y en la otra, una bolsa con los pasteles favoritos de Demian. No esperaba que los comiera, pero era su manera de recordarle que aún quedaban cosas que importaban.
Al llegar al ala este, tocó