Golpes que no dejan marcas

Mariam estaba sentada junto a la cama del abuelo, con la mirada perdida y los ojos enrojecidos de tanto llorar. Sus dedos apretaban con suavidad la mano del anciano, como si su calor pudiera impedir que se apagara. No sabía cuánto tiempo llevaba allí, solo sentía que su mundo se derrumbaba lentamente.

La puerta de la habitación se abrió de golpe, haciendo que el corazón de Mariam se sobresaltara. Kitty entró apurada, con el rostro cubierto de lágrimas... aunque sus ojos, si se miraban bien, no
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