Agatha respiró profundamente, tratando de que el temblor de sus manos no la delatara. Esa mujer la tenia en sus manos.
—Deberías ir tú misma —soltó con ironía, como un veneno que le quemaba la lengua—. Serás bien recibida.
El gesto de Kitty se endureció de inmediato. Sus ojos, oscuros y llenos de odio, brillaron con furia. Sin pensarlo, presionó con más fuerza el arma contra el cuello de su víctima.
—No te hagas la graciosa —escupió con voz áspera—. Dile a esa estúpida que estoy más cerca de lo