Mi prometido lanzó una mirada sospechosa a Chloé.
—No es cierto, no le hagas caso —negué con la cabeza.
—Podemos compartirla, Gérard, no soy celosa, ¿sabes? —bromeó mi amiga.
—Ya basta, chicas.
—Bueno, ¿vamos todos juntos entonces? Porque los tres cabemos fácilmente en mi coche —sugirió Vincent.
—No, claro que no. Vengan con nosotros en la limusina.
—No queremos molestar.
—No, no molestan, deja de decir tonterías —repliqué. —Además, a Gérard no le importa, ¿verdad, cariño?
—En absoluto —dijo él