—Lo pensé —admití, porque ¿para qué negarlo?
Sí, era un maldito celoso, incapaz de soportar que otro hombre respirara el mismo aire que ella.
—No puedo creer lo poco que confías en mí. Es solo otra señal de tu extremo celo —declaró, y pude ver un dejo de decepción en su rostro.
—¿Y tú confías en mí, Juliette? Si yo hubiera estado en esa situación, abrazado con otra mujer, ¿habrías creído en mí? Ponte en mi lugar, sé que tampoco lo habrías hecho.
—Y si no confiamos el uno en el otro, ¿qué sentid