Joaquín
El sudor formaba una fina capa sobre nuestros cuerpos, y cada movimiento que hacía sobre mí me dejaba sin aliento. Mi mano se deslizó por su cintura, apretandola mientras me movía dentro y fuera de ella.
Nos movíamos con tal sincronía, que parecía que habíamos hecho esto ciento de veces.
—Eres hermosa, —murmuré, mi voz ronca y entrecortada.
Ella se inclinó hacia mí, apoyando sus manos en mi pecho, besándome con lentitud. Mis dedos se apretaron en sus caderas, guiándola por un momento a