Joaquín
—Yo tampoco, pero es real, —susurró ella, sonriendo contra mis labios—. Y es increíble.
Humedecí mi miembrø en su entrada, jugueteando un poco antes de hundirme con lentitud. Me incliné hacia atrás, apoyándome en mis manos para verme completamente clavado en su centro . Camila siguió mi mirada, mordiendo su labio inferior.
—¡Ya muévete por Dios! —jadeo impaciente, alzando las caderas para enfatizar su pedido.
Sonreí, orgulloso y arrogante de tenerla bajo mi cuerpo, suplicando por más.