Joaquín
Había aprendido a dominar el silencio.
Estaba sentado en la cabecera de la mesa de juntas, con los dedos entrelazados y la mirada fija en el orador de turno. No necesitaba decir ni una palabra para que todos supieran quién era el que mandaba.
Frente a mí, un hombre de unos cincuenta años sudaba como si lo estuvieran interrogando en la comisaría.
Su socio, un joven que no dejaba de acomodarse la corbata, intentaba manejar la presentación desde su laptop, pero ya iban por la tercera ve