El restaurante quedó en silencio después de que Ámbar se fue.
El anillo aún brillaba sobre la mesa, solitario, como si pesara toneladas.
Matteo lo miró fijo durante un largo rato, sin parpadear.
Su mandíbula se movía lentamente, apretada, mientras un tic nervioso le temblaba en la mejilla.
El camarero se acercó con cuidado, rompiendo el aire tenso.
— ¿Desea que retire el vaso, señor?
Matteo levantó la mirada despacio. Sus ojos, antes tan serenos y calculadoras, ahora parecían dos pozos negros.