El sol de la mañana se coló por la ventana de la habitación de invitados como un delgado hilo de esperanza. Me desperté con la sensación de que algo había cambiado, pero no sabía si era el peligro o nosotros.
Andrés ya estaba de pie, con el teléfono en la mano y el rostro tenso. Llevaba la misma camisa del día anterior, arrugada y sin abotonar del todo. Había dormido poco, pero sus ojos tenían un brillo de determinación que no había visto antes.
—Leonardo encontró algo —dijo, sin preámbulos—. E