La noche cayó sobre la mansión como un manto de sombras. Después de la audiencia, todo parecía más pesado. Las paredes, los pasillos, las miradas furtivas de los empleados. Nada era igual.
Andrés no me soltaba la mano desde que llegamos. Era un gesto pequeño, casi inconsciente, pero yo sentía en él la necesidad de mantenerme cerca, como si temiera que pudiera desaparecer.
—Voy a llamar a Leonardo —dijo, soltándome para tomar el teléfono.
—Ya está en camino —respondí—. Martina le avisó.
Andrés a