La llamada de Javier se quedó resonando en el silencio de la cabaña como una campana que no terminaba de extinguirse. Andrés guardó el teléfono en el bolsillo y se giró hacia nosotros. Sus ojos tenían un brillo que no había visto antes. No era alegría. Era algo más profundo. Era la certeza de que, después de diez años, la justicia comenzaba a moverse.
—¿Cuándo? —pregunté.
—Esta noche —respondió—. El fiscal ya firmó la orden. Ricardo no sabe que viene. La policía esperará a que anochezca para al