Las puertas de la enorme mansión se abrieron con un golpe seco, retumbando por los pasillos como un trueno contenido. Tatiana entró hecha una tormenta vestida de seda, con los labios temblando de rabia y el cabello cayendo en ondas desordenadas por su rostro pálido. La empleada doméstica que pasaba con una bandeja se hizo a un lado sin decir palabra; sabía leer los gestos de su jefa, y ese rostro no anunciaba nada bueno.
Los tacones de Tatiana resonaron sobre el mármol como metralla. Cruzó el v