El restaurante era elegante, discreto y con una vista panorámica de la ciudad. Nicolás había reservado una de las mesas más apartadas, lejos de las miradas curiosas. Estaba nervioso, lo cual no era común en él. Jugaba con la servilleta entre los dedos mientras esperaba a Cecilia.
Al verla entrar, se puso de pie de inmediato. Ella, impecable como siempre, vestía un vestido negro entallado y su mirada lo decía todo: no venía a jugar.
—¿Qué es tan urgente que no podías decirme por teléfono? —pregu