Damián terminó de peinarme, manteniendo el suave toque al ejercer la frágil presión que hacía cuando rozaba el peine contra mi cabello liso, con ese cuidado que tanto lo caracterizaba cuando se trataba de tocarme… de cuidarme, lo hacía con esa delicadeza que tanta atención prestaba. Mis ojos jamás bajaron al tocador, los mantenía fijos en él, en sus frágiles movimientos, en sus ojos oscuros, sus ojeras apenas empezaban a notarse y, aun así, se veía esplendido, muy varonil.
Cuando acabó de peina