El regreso a la consciencia no fue el despertar brusco y doloroso al que me había acostumbrado en el hospital, con luces fluorescentes parpadeando y alarmas sonando. Fue un ascenso lento, casi viscoso, a través de capas de sedación que se iban disolviendo como niebla al sol.
Lo primero que registré fue el silencio.
Un silencio tan absoluto, tan pesado, que zumbaba en mis oídos. No había tráfico lejano, no había voces de enfermeras en el pasillo, no había el bip-bip incesante de las máquinas.