—¡Se puede saber porque la bajaste! —reprendió a su hermano.
Hizo que Damián soltara mi mano para el ponerla sobre su hombro, y así fue como ambos me sostenían. —¡Tenemos que acostarla! todavía es pronto para que camine.
—¡Me duele!
Me acomodaron en un sofá, —Acuéstala, no puede sentarse.
—¡Damián me duele!
—Lo sé, cariño, ya pasará.
Quede tendida en el sofá, era uno amplio, y cómodo, y eso era lo peor, sentía que la columna se doblaba a un más. Santiago corrió a la cocina, sacó de