La calma tensa dentro de la camioneta se rompió no por una amenaza externa, sino por el fuego que ardía dentro de Adeline.
Había empezado como un temblor leve, un castañeteo de dientes que yo había atribuido al frío de la noche, pero en cuestión de minutos, su temperatura corporal se disparó. Sentí el calor irradiar a través de su ropa, quemando mi piel a través de mi propia camisa. Su respiración, antes rítmica, se volvió superficial y errática, un jadeo roto que llenó el silencio de la cabina