La puerta se abrió una hora después, rompiendo la burbuja de calma clínica que Santiago había logrado establecer.
Robert y María Carson entraron, luciendo frescos y recompuestos. Se habían duchado, cambiado de ropa y, aparentemente, recargado sus armas para continuar la guerra. Robert vestía un traje gris impecable y María un conjunto de lino color crema. Entraron con la barbilla en alto, esperando encontrarme solo para reanudar las hostilidades.
Pero se detuvieron en seco al cruzar el umbr